miércoles, 18 de enero de 2017

¿Es tan patética la «falacia patética»?

Editorial: Blackie Books
Año de edición: 2016
País de origen: Inglaterra
Páginas: 232
Hace poco he tenido el honor de conocer al señorito Brooks. No al él, vaya, sino al libro Crezco. Una novela escrita por un narrador adolescente, que muestra la jerga típica y las hazañas de colegiales. Se podría resumir en sexo, drogas y música desenfrenada. Entretenido está desde la primera página. Pero, ¿por qué lo traigo a este blog? Me resultaría sencillo hacer una bonita reseña sobre los personajes, punto de vista, la importancia de los diálogos y blablabla. Pero me voy a centrar en un término que me sorprendió leer casi al final del libro y que no esperaba verlo por esos lares narrativos. Se trata de falacia patética.

Sí. Falacia patética. Término que todos los amantes de las letras deberían conocer y, por si hubiera algún despistado en la sala, paso a explicarlo brevemente. Este término se basa en la descripción de objetos inanimados que encontramos en la naturaleza (árboles, montañas, piedras, etc.) y que se les dota de pensamientos, sentimientos o sensación humanas. Pero, ¿qué tiene que ver esto con lo patético, el dolor, la tristeza o la melancolía? Nada. Absolutamente, nada.

Lo patético se entiende aquí como empatía, al menos con ese cariz lo acuñó Ruskin en 1856, quien escribió que la misión de la falacia patética era significar cualquier descripción de objetos naturales inanimados que les atribuyese capacidades, sensaciones y emociones humanas. Para el escritor y crítico del arte, la falacia patética es un fallo artístico. ¿Un fallo? Sí, porque él creía que el valor central del arte (ya fuese literario o visual), debería ser una representación veraz del mundo tal y como lo sentimos y no como aparecen en las reflexiones imaginativas.

El caminante sobre un mar de nubes
Caspar Friedrich. Pintor romántico 
El hecho de que la falacia patética constituyese un fallo artístico debió parecer una necedad para los críticos románticos posteriores, y determinaron que atribuir sentimientos a la naturaleza era una manera humana de entender el mundo; de hecho, el papel que tiene en el arte y en la literatura es primordial. Por ejemplo, en la poesía o en la pintura romántica (véase al pintor Gaspar Friedrich), donde hay una voluntad por parte del artista de eliminar la división entre espíritu y la naturaleza. Lo mismo ocurre en ciertos pasajes de Shakespeare, como se refleja en Crezco.

Si este recurso retórico se emplea bien, puede ocasionar en el lector un verdadero remolino de sensaciones, como en la novela de Los misterios de Udolfo, de Anna Radclife, o en Drácula, de Bram Stoker, donde la naturaleza juega un papel esencial en el estado de ánimo del protagonista. Si ella está triste, los árboles estarán raquíticos o envueltos en una neblina; si, por el contrario, está feliz, probablemente la primavera aparecerá en todas sus hojas.

A la media hora o así, empieza a llover. El agua repiquetea en la pared de detrás de nuestras cabezas como si tuviera una vejiga del tamaño de una moneda y estuviéramos metidos en el único baño. Lluvia persistente, de acero. El sonido del agua al caer no encaja con el ambiente de sauna que nos rodea. Es como una niña gritando porque se ha cortado en la rodilla mientras estás calentita en la cama leyendo a Harry Potter.

Cuando te sientes triste y llueve se llama falacia patética. Como en Macbeth, cuando Duncan muere y hay una tormenta. La falacia patética en la vida real es como si la Naturaleza se mostrara insensible y empeorara las cosas. Por eso, ahora mismo no creo que la Madre Naturaleza deba llamarse así (...) pág. 214. Crezco.

Fotografía realizada por María Bravo
Así que, respondiendo a la pregunta que abre esta entrada, no, la falacia patética no es tan patética, a no ser que te toque ser Macbeth o cualquier personajes de Shakespeare, en papeles donde muere hasta el apuntador. Cuando vean cuervos revoloteando, quizá la muerte esté cerca si te encuentras dentro de una novela; si las gabiotas resuenan a lo lejos sobre el fondo marino en calma en una apacible puesta de sol, relájate, probablemente no le ocurrirá nada malo al protagonista (o igual vaya a tener una muerte apacible). Las falacias mutan, como nuestras emociones. Lo que ayer daba terror un castillo elevado sobre una colina y entre un bosque plagado de murciélagos, hoy es un banco de suelos resplandecientes. Y eso es lo bonito de la literatura, su caracter cambiante, como un personaje que evoluciona. Por cierto, os aconsejo el libro de Brooks. No todos tuvieron una adolescencia tan disparatada, pero engancha desde la primera página porque identificas claramente a un muchacho en la edad de experimentar, volar y crecer.


Escrito por María Bravo




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