lunes, 25 de mayo de 2015

"La urraca en la nieve", de Javier Plaza




"Creo que para escribir no hay otra
inspiración que leer, leer y leer"

Javier Plaza es un novelista nacido en Pamplona en 1974 aunque afincado desde hace años en Zaragoza. Este apasionado de la literatura que creció leyendo a los clásicos es licenciado en derecho y diplomado en ciencias empresariales. Devorador de novela histórica desde la infancia y autor de varios relatos cortos publica ahora su primera novela larga al tiempo que ultima los detalles de la segunda. Hoy tenemos el placer de tenerle en La boca del libro para hablarnos de su novela La urraca en la nieve, una novela que ya va por la tercera edición y por la que circundan entrevistas y buenas críticas. Vamos a conocerlo.


1.- ¿De qué trata tu libro?
     La novela es en esencia es un paseo por el impresionismo a través de los ojos de Camille, su protagonista, un pintor aficionado de familia rica al que su padre envía desde el sur de Francia a París para que firme la venta de un negocio en su nombre. En París vive su tío, el hermano de su padre que es senador. Camille está un poco perdido en la vida. En la capital se dedica a descuidar en parte los encargos de su padre y a descubrir el París impresionista. Ha viajado hasta allí creyéndose un gran artista, pero cuando conoce a los pintores impresionistas se da cuenta de que no está a su altura ni lo estará nunca. La novela narra su última semana en París, cuando ya su padre le ha dicho que debe regresar y él lo ha aceptado. Va describiendo lo que ve y recordando lo vivido en la capital y, en menor parte, en su vida.

2.- ¿Qué vamos a aprender y a descubrir a través de Camille?
     Bueno, la intención de la novela es un poco descubrir las calles del París impresionista a través de los ojos y los pasos de Camille. Mientras él recorre las calles, con sus pequeñas inquietudes, nosotros vamos conociendo las esquinas más bellas de la ciudad y a sus habitantes más ilustres.

3.- El impresionismo fue un movimiento de finales del siglo XIX. ¿Qué aporta tu novela para un lector de principios del siglo XXI?
     La historia de Camille es una historia de nostalgia, de alguien que se despide de una ciudad y de un ambiente creativo que le han cautivado. Con ese tono de melancolía el lector al que le atraiga la novela encontrará un recorrido envolvente por el día a día del París de finales del siglo XIX, no solamente por el ambiente artístico de las galerías, estudios y cafés, también por el día a día de sus ciudadanos con las tensiones sociales y coloniales, el derribo de la plaza de toros de París, las bombas en la cámara de diputados, el escándalo del fracasado intento de construir el Canal de Panamá, las promesas de demolición de la torre de Eiffel...

4.- Cuéntanos en qué momento se te ocurrió el título del libro. ¿Te costó mucho dar con él?
     El cuadro, de Monet, me encanta por su sencillez, su minimalismo: pocos colores y una diminuta urraca como solitaria protagonista, atrayendo la mirada. Además, el escogerlo me permitía hacer revolotear a esa urraca por cada capítulo de la novela. Desde que comencé a escribir la novela tuve claro que ese era su título.

5.- ¿Qué te ha resultado más complicado en la elaboración de La urraca en la nieve?
     Documentarme me ha llevado bastante tiempo aunque ha sido un verdadero placer, lo que más costaba era repartir la información por los capítulos, ir completando de datos y referencias entrelazadas para que quedaran a mi gusto y encajaran las fechas. Esa parte sí que resultó laboriosa, el ir encajando las innumerables piezas del puzzle, aunque lo cierto fue un trabajo agradable.

6.- Imagina que un lector desea pasar la tarde contigo, su escritor favorito, ¿delante de qué cuadro mantendrías la conversación?, ¿que novela de la época impresionista tendrías sobre la mesa?
     Delante de El boulevard de Montmartre al atardecer de Camille Pisarro. Creo que toda la serie de boulevares de Montmartre de Pisarro son espectaculares, preciosos y muestran, como la novela, una imagen fugaz del París cotidiano de aquella época. El protagonista de “La urraca en la nieve” se llama Camille por Pisarro.
     Y la novela que nos acompañara podría ser Thérèse Raquin, de Zola, refleja la misma época, además Zola siempre se interesó por el impresionismo e incluso ayudó a varios de aquellos pintores. Con Cézanne mantenía una relación de amistad desde niños hasta que publicó La obra y el pintor se vio reflejado en ella con un perfil que no le agradó, allí terminó su amistad.

7.- Háblanos de tus influencias culturales. ¿En qué se inspira Javier Plaza para crear?
     Creo que para escribir no hay otra inspiración que leer, leer y leer. Analizar cómo están escritas las novelas que te cautivan y cómo lo están las que no. Si tuviera que escoger unos referentes estos serían Umbral, Marsé, Sholojov, Bolaño, García Márquez, Sánchez Ferlosio, etc. Son los escritores que ocupan la estantería más visible de mi biblioteca.

8.- A muchos escritores les gustaría vivir en la historia que han creado. ¿Has experimentado la misma sensación?
     Desde luego sería un placer dar un paseo por el París de aquellos años y ver trabajar a tan grandes artistas. Aunque el ambiente seguramente no sería tan glamuroso como el que vive el protagonista de la La urraca en la nieve, ya que muchos de los pintores impresionistas sufrieron grandes estrecheces económicas durante gran parte de su vida. Los que no sufrieron esas dificultades fue porque sus familias, acomodadas, les apoyaron, como en el caso de Camille en la novela.

9.- ¿Por qué confiaste en la editorial Hades y no te decidiste por la autopublicación?
     Bueno, a mí lo que me gusta es leer y escribir, publicar es otro tema y yo tenía claro que no estaba dispuesto a publicar si no iba a ganar dinero, aunque fuera un euro, y no veía claro ganar dinero con la autopublicación. Buscaba una editorial que leyera la novela, la valorara y creyera que podía interesar, entonces nos encontramos Ediciones Hades y yo, y la verdad es que estoy encantado. Su director, José Luis Victoria, es muy respetuoso y paciente y eso es importante cuando se es tan maniático como yo con las correcciones.

10.- Recomiéndanos un libro para afrontar esta primavera.
     Me gustaría recomendarte dos que he leído últimamente: Esperando a Darian, de Juli Navas y Ofelia descalza de Desirée Ruiz.
     Esperando a Darian narra cómo Ana va encontrando su lugar en la vida a través del Madrid de la movida y como conoce a Darian que llega desde la Yugoslavia en guerra. Ofelia descalza nos cuenta la historia de Marcela quien, tras la muerte de su hermano, comienza un precioso viaje para indagar en el pasado familiar. Ambas tienen una prosa muy cuidada y una trama descrita con gran sensibilidad.



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¡ATENCIÓN! 


Si eres escritor y te gustaría que te hiciera una entrevista en La boca del libro, no tienes más que escribirme a mb.sancha@gmail.com y hablamos. Pero no te preocupes, si no eres escritor, pero tienes algún negocio relacionado con las letras, blog o idea literaria y también quieres promoción, escríbeme a mb.sancha@gmail.com y hablamos (sí, es el mismo correo :)





martes, 12 de mayo de 2015

Orson Welles y la literatura

Orson Welles nació en 1915, y este pasado 6 de mayo se ha celebrado el centenario de su nacimiento. Seguro que ya os habéis dado cuenta de que algo raro pasaba durante estos días. Las noticias sobre este personaje norteamericano han proliferado en los medios de comunicación, y en la biblioteca de vuestro barrio seguro que habéis visto películas en el mostrador de entrada.
     Welles ha vuelto en el 2015. Y no, no lo ha hecho para quedarse, aunque sí para que el resto de los mortales hagamos un repaso de lo que significó su carrera. Actor, director, guionista y productor de cine, ya se sabe, había que hacer de todo en el sector. ¿Sus películas míticas? Ciudadano Kane, Campanadas a media noche o Casino Royal (esta última como actor).



Pero en La boca del libro queremos repasar qué vinculación tuvo Orson con la literatura. ¿La tuvo? ¡Por supuesto! Fue un seguidor de las obras de Shakesperare, y adaptó al cine novelas de gran importancia en la historia de la literatura. Gracias a su madre, de joven recibió clases de música, literatura o dibujo, y ello le hizo apreciar ciertas manifestaciones artísticas de una manera distinta.


H. G Wells. No confundamos apellidos, este se refiere al escritor conocido por sus novelas La máquina del tiempo, El hombre invisible o La guerra de los mundos. En el año 1938, Orson decidió representar esta última en versión radiofónica, en la cadena CBS. Es del todo conocido que este hecho marcó a los oyentes de la ciudad de New Jersey, que entraron en pánico al escuchar que su localidad estaba siendo atacada por los alienígenas. Esta intervención amplió el éxito de Welles, y su nombre se dejó oír en los estudios de Hollywood.

 Fuente: Diariodeavisos.com. Orson Welles, en la mítica emisión radiofónica (CBS) 
de ‘La guerra de los mundos’ (novela de ciencia ficción de H.G.Wells), 
el 30 de octubre de 1938.

Charlote Brönte. Una de las hermanas Brönte también se pasea por su carrera. Welles obtuvo un papel en la película Alma rebelde, rodada en 1944 por el director Robert Stevenson. Esta fue una adaptación de la novela gótica Jane Eyre, de Charlote Brönte, donde la señorita Eyre es contratada por Edward Rochester para trabajar como institutriz de una niña en Thornfield House. La aislada y sombría mansión, así como la inicial frialdad del dueño de la casa ponen a prueba la fortaleza de la joven. Como nota curiosa, el escritor Aldous Huxley formó parte dentro del elenco de guionistas de la película.

William Shakespeare. Welles realizó una trilogía de las obras del dramaturgo. Se acercó a su obra gracias a que se interesó por el mundo del teatro desde niño. En los años 30, emigró a Irlanda cuando tenía ocho años, donde trabajó en el Gate Theatre. Posteriormente, apareció en numerosas producciones basadas en las obras de Shakespeare, y debutó en Broadway con la representación Romeo y Julieta. Más tarde, vendría el éxito en otras adaptaciones en la trilogía que realizó: Mactebth (1948), obra que supuso un gran fracaso comercial, Otelo (1952), con la que ganó en el festival de Cannes, y Campanadas a medianoche (1966). Esta última la realizó de regreso a Europa. 

La dama de Shanghái (1947)

Sherwood King. Quizá no os suene, pero si os digo que fue el escritor de la conocida novela La dama de Shanghái, ya os iréis haciendo una idea. La película, de género negro, la adaptó en 1948 y se rodó con Rita Hayworth, la que fuera su esposa y con la que, en ese momento, estaba en proceso de divorcio.

Miguel de Cervantes. En 1955 quiso llevar una versión del Quijote a la gran pantalla, pero la dejó inconclusa por falta de presupuesto. Años más tarde, en 1992, fue restaurada y estrenada después de la muerte de Welles. Jesús Franco fue el encargado de realizar el montaje con parte de las imágenes originales; a la película la llamó Don Quijote de Orson Welles y fue presentada en el Festival de Cannes. 

Herman Melville. En 1956 apareció en la película de Moby Dick encarnando a uno de los protagonistas. Los exteriores fueron rodados en Gran Canaria y en la isla de Madeira. No obstante, la película guarda, a su vez, relación con otras obras literarias. Por ejemplo, la goleta que se usó para el rodaje ya la emplearon en la grabación de Hispanola, la adaptación que Walt Disney rodó de la novela La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Por otra parte, el escritor y guionista Ray Bradbury tuvo que leerse nueve veces la novela para elaborar el guion final: terminé aplastado por una profunda depresión. (...) Sentí el peso, podría decirse que la carga, de Melville sobre mis espaldas. En los años 70 dirigió un corto de Moby Dick.

Frank Kafka. En 1962 rodó El Proceso, novela que Frankz Kafka escribió en 1925. La película fue galardonada con el Premio de los Críticos en 1964 a la mejor película. Charles Chaplin se dirigió a esta película como la cumbre del arte cinematográfico.


Como veis, Welles siempre estuvo muy vinculado a la literatura. La supo plasmar en el cine y dejar constancia de su acercamiento a la cultura. No obstante, a menudo saldrá esa disputa de si las películas desmerecen al libro. Lo importante es que Welles las dejó en celuloide. Quizá sea una buena ocasión para verlas de nuevo y opinar. 



martes, 5 de mayo de 2015

El destape de las marcas registradas

Escrito por Fátima Manzano Almazán 

Un día tras otro decimos y anotamos nombres de objetos o materiales aparentemente tan familiares que ni siquiera caemos en la cuenta de que son invenciones del mundo comercial; estas son las denominadas marcas registradas. Las que se recogen en el DRAE son sustantivos comunes, a la par que baladíes como si fueran uno de nuestros lunares de nacimiento de los que te olvidas que están ahí. Dichos nombres vienen etiquetados con su característica de “marca reg.” en los paréntesis etimológicos, de lo contrario la RAE se vería envuelta en un buen lío con la justicia.
 
Existen unas cuantas, pero voy a evitar referirme a las más resonantes como las de ciertas bebidas gaseosas, la del pan de molde, cacao en polvo… No solo es inoportuno mencionarlas (pues parecería más una lista de la compra para una merienda) sino que además no están recopiladas en el DRAE. Mejor dejemos el refrigerio para otro momento, y ahora vamos a callejear un poco para olisquear en las tiendas otras marcas cuya etimología va vestida de Prada, o no…
      
Empecemos merodeando por la mercería y el mercadillo:


El velcro 
Viene en forma de acrónimo y directo del país galo. Es nuestro sistema de cierre por excelencia en anoraks, chalecos reflectantes, zapatillas de deporte para niños… El DRAE atribuye su procedencia a dos palabras francesas: velours (terciopelo) y crochet (gancho). En cuanto al uso del término se refiere, más nos vale andarnos con cuidado. El motivo se debe a que dicha marca, en su página web, insinúa que no se debe denominar a cualquiera de estos “cierres por contacto” con el nombre que ellos mismos han “inventado” para su producto. Es decir, que no se quieren permitir perder el prestigio de la calidad que dicen que tiene su cinta. Así que la próxima vez que vayáis a la mercería o incluso a la tienda china de barrio a comprar algo que se le parezca y uséis este término, mirad antes alrededor por si hubiera un representante de la empresa camuflado, como si de un miembro de la SGAE se tratara. 

La lycra 
Sin duda, no podemos pasar por alto este tejido sintético tan común en toda cómoda de mujer. Y es que su popularidad se la debemos a la elasticidad que aporta a prendas como los pantis, bañadores, bragas, camisetas, etc. Al ser un término creado por los responsables de la marca, solo podemos decir de él que proviene del inglés. Para los que soléis frecuentar los mercadillos y no os acabáis de acostumbrar a ver faltas de ortografía a diestro y siniestro, no es necesario otro sobresalto si veis esta palabra escrita con i latina (licra), ya que es la variante aceptada por diccionarios del español actual, como el Clave. 

El nailon 
También ronda por los mercadillos este material sintético que todos hemos llevado puesto alguna vez. Su ortografía original es “nylon”, pues procede de la lengua de Shakespeare. Es muy común encontrarlo en prendas deportivas y medias para todos los gustos. Ni que decir tiene que las deportivas, compañeras incansables de vuestros momentos de footing, estén hechas de nailon. 

Las bambas o Wambas 
Hablando de zapatillas, no nos podíamos marchar del abarrotado despliegue de tenderetes sin nuestras queridas bambas, esas que tanto nos han acompañado en las fechorías más memorables de nuestra infancia. Seguro que las habréis tenido de distintos colores, pero sin duda las blancas eran las más vendidas, a pesar de que se ponían más negras que la sombra del Zorro. Las también conocidas como playeras deben el nombre de su marca al rey visigodo Wamba. Dicho esto, nuestros padres habrían recordado mejor a este rey por la marca española de zapatillas que por la infernal lista de reyes godos que tanto cantaron en el colegio.



La siguiente parada obligatoria es la papelería:


El celo 
A más de uno le ha sacado de un apuro esta “prodigiosa” cinta adhesiva. Se podría decir que “a falta de pegamento, bueno es el celo”. La culpable de que lo llamemos así es la palabra inglesa cellotape. Esta a su vez deriva de la marca británica Sellotape, cuyo negocio se dedica única y exclusivamente a la fabricación de este producto y, por supuesto, se ocupan de que a los clientes no les falte el correspondiente dispensador para cortarlo. En lo que se refiere al uso del término, los hablantes de la lengua inglesa decidieron utilizar la forma abreviada tape, mientras que en nuestro caso – y puede que para llevar la contraria – nos quedamos con la primera parte del sustantivo. 

El celofán 
Puede que por un momento se os haya pasado por la cabeza que su origen tiene relación con el de celo. Echando por tierra toda suposición al respecto, he de aclarar que su etimología se la debe a la lengua francesa. El suizo Jacques E Brandenberger, inventor de este producto, lo denominó Cellophane. Él mismo acuñó este término a partir de cellulose y diaphane (del francés, celulosa y diáfano, respectivamente). Como curiosidad, la idea inicial de su actual invento se le ocurrió cuando estaba en un restaurante y a un cliente se le derramó vino en el mantel. A raíz de este hecho casual, Brandenberger se planteó fabricar una capa que fuera transparente a la vez que impermeable. Sin embargo, hoy en día el uso más extendido es el de envoltorio para regalos y material de manualidades.



Para finalizar este paseo de “busca y captura”, veamos qué ronda por la nueva tienda del hogar:

Fuente: Theguardian.com. Cartel de los años 50
El termo 
¿Es ese el famoso recipiente alargado, contenedor de líquidos, con un mecanismo de apertura más enrevesado que el de un reloj de pie del siglo XIX? ¿Es ese que nuestros padres se llevaban al pueblo, al campo o a cualquiera de esos viajes de vacaciones que duraban horas y horas? Sí, ese es. No habéis leído mal. Por muy extraño que nos parezca, procede del nombre de una compañía internacional llamada Thermos. A su vez, este se originó a raíz de un concurso organizado por unos periódicos alemanes. Como muchos de vosotros habréis pensado, esta palabra tiene toda la pinta de provenir del griego antiguo. En efecto, según el archivo del centro de investigación Thomas J. Dodd de la universidad de Connecticut, viene de therme, que significa, calor, aunque mi intuición apunta a que procede del adjetivo thermós (θερμός en griego). 
     Tanto nos gustó el nombre de la marca que nos lo apropiamos y lo integramos a nuestro lenguaje cotidiano. Por el contrario, los británicos se buscaron otro modo de denominarlo habitualmente: vacuum flask, o simplemente flask. Si a alguien se le ha ocurrido otro posible término en español que declare la guerra al de la marca, que no dude en compartirlo (pacíficamente).

El táper 
Concluimos con el célebre recipiente hermético de plástico donde normalmente llevamos la comida al trabajo o lugar de estudios. Padres y abuelos solían y aún suelen llamarlo tartera o fiambrera, aunque hay quien cuestiona que la segunda no se debería considerar sinónimo de táper. Esta palabra es la variante que se ha formado a partir del apócope tupper, procedente de la marca Tupperware. Dicha marca ha conseguido echar casi a patadas a los mencionados sustantivos que tradicionalmente han existido en la lengua española. Este es un claro ejemplo de la gran influencia que ejerce la publicidad en nuestro día a día. Si bien todavía no aparece en el DRAE, lo podemos encontrar en el DEA (Diccionario del Español Actual, de Manuel Seco) y el Diccionario Clave de la editorial SM. Como éste último afirma en su acepción, el uso de tupper sería innecesario si contamos con que tartera tiene el mismo significado.

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Como hemos podido comprobar, los caprichos del marketing hacen que a menudo la lengua absorba el término creado por la marca que lo empezó a fabricar. Al final el vocablo permanece debido al corriente uso que los hablantes hacen de él. Siempre me he preguntado si se podría haber acuñado uno propio. Solo en dos casos, el de celo (cinta adhesiva) y el de táper (tartera) tenemos la palabra en castellano.

     Como despedida, os dejo una reflexión: ¿Deberían acuñarse otras palabras que contengan el mismo significado que las marcas registradas que dieron a luz a dichos productos? Que comience el destape.