jueves, 26 de julio de 2012

"El monje", de Matthew Gregory Lewis (1775-1818)



Le condujo a través de varios pasadizos angostos; y, según pasaban, la luz de la lámpara no mostraba más que objetos asquerosos: cráneos, huesos, tumbas e imágenes cuyos ojos parecían contemplarles con horror y sorpresa (…). Húmedos vapores dejaron helado el corazón del monje, mientras escuchaba con tristeza el aullido del viento en las criptas solitarias. (pág. 378).


Cadáveres enmohecidos, castillos fantasmales, religiosos lascivos y cruentas supersticiones. Esto es El monje: gótico dieciochesco finisecular en estado puro. Muchos ya conoceréis esta novela, que el inglés Matthew Gregory Lewis escribió con solo veinte años (aunque a raíz de esta obra se le conoció como Monk Lewis). Concretamente la escribió en 1794 (en un tiempo récord de cinco meses), pero no lo publicaría hasta pasados dos años y de forma anónima. Os podéis imaginar porqué. Él era miembro del Parlamento inglés, y de haber sabido quién era el autor de semejante blasfemia, obscenidad y libertinaje, Lewis posiblemente hubiera ido a la cárcel. Y ya se sabe, donde hay inmoralidad, hay revuelo, y donde hay revuelo hay éxito, y esto mismo fue lo que le ocurrió a El monje. De hecho, tuvo un expurgo diferente cada vez que se editaba, y no se publicaría íntegramente hasta bien entrado el siglo XX. Atenta contra las supersticiones de la Iglesia, hace referencias a la Biblia, emplea palabras inmorales y el personaje del monje, Ambrosio, se vuelve loco por el sexo. Demasiada carnaza como para no hablar de ello hasta en las reuniones del gobierno británico (mmhh... reuniones literarias en el parlamento).

     La historia de Ambrosio, el monje, no cubre toda la novela. Hay otra más que trata sobre el fatídico amor que vive el marqués Ramón de las Cisternas por su desdichada Inés. Ambas historias se entremezclan con los mismos elementos góticos dentro del escenario macabro; sobre todo el fracaso y la superstición serán una constante en ambos relatos.
    Por otra parte, el relato del monje es contado por un narrador omnisciente que en ocasiones entra en contacto hasta con el propio lector. En cambio, la historia de Ramón e Inés la sabemos en primera persona por boca de Ramón, aunque no siempre será así. Vamos, que el narrador omnisciente aparece y desaparece a lo largo de la obra como quiere.

http://josetorregrosa.wordpress.com/
     Son muchos los personajes que van a pasar por El monje. El principal diría que es Ambrosio, claro. Un monje que embelesa e hipnotiza a los fieles con su voz y oratoria en el púlpito. Todo en él es misticismo y perfección hasta rozar el estatus de divinidad; sin embargo, poco a poco sabremos que en verdad es un villano convertido en clérigo nada ejemplar. Pronto rompe con el voto del celibato, lo cual desatará en él una avalancha de sexo y lascivia con las mujeres que se dejan y las que no. Esta clase de personajes fue una creación de la sátira clerical de la Baja Edad Media, que luego se iría extendiendo a la vida conventual y monástica.
     Los demás personajes se pueden predecir si uno conoce este género del XVIII. Podría escribir una lista, pero los describiré escuetamente. Rosario, monje del convento de los Capuchinos, es el personaje que más evoluciona según avanza la historia; casi se podría hacer una tesis de él. Antonia es una de las mujeres que quedarán prendadas de la oratoria de Ambrosio; es bella, rostro angelical y muy devota. Inés, la amada de Ramón, pronto probará la maldad del monje. Lorenzo, el hermano de esta, se enamora locamente de Antonia. Y así podría continuar hasta formar un puzle casi perfecto del libro.

     ¿Lo que más me sorprendió del libro? Que la historia se ambientara en Madrid, como si en Inglaterra no hubiera monasterios y castillos encantados, vamos. Aunque lo más intrigante aún es que Lewis nunca estuvo en Madrid, ni siquiera en España. Aún así, consigue darnos a conocer una ciudad gótica, hipócrita y decadente. Y para ello se documentó leyendo a Cervantes, Lope o Calderón, y en especial el romancero. De aquí saca ese aroma español que se respira en el libro (a parte del 'aroma' putrefacto de grutas y criptas, claro). Utiliza referencias tales como el ajo, la tortilla, la siesta, las serenatas o los gitanos. 

     Los temas que usa Lewis son muchos y polémicos. Criticó a la Iglesia y a la Inquisición española. Trata el sadismo, la magia, el incesto, la figura del diablo, el tenebroso poder de las instituciones totalitarias; y todo ello en un ambiente macabro. Conventos, castillos o catacumbas se convierten en lugares idóneos donde habitan fantasmas, o lugares de encierro donde las heroínas son perseguidas y mancilladas. Vamos, que El monje no tiene desperdicio, como tampoco el autor. De hecho, Lewis estuvo una temporada en la villa de Byron llamada Diodati, en Ginebra, y participó en la célebre velada literaria el 18 de agosto de 1816, tanto que posiblemente fuera él el instigador de la famosa apuesta que dio origen a Frankenstein (Mary Shelley) y El Vampiro (Polidori).

     La obra se estructura en tres volúmenes de tres, cuatro y cinco capítulos respectivamente. En cada volumen podemos encontrar leyendas fantasmales de todo tipo, poemas, historias o canciones contadas en verso. Todo el conjunto da pie para configurar un estudio en profundidad sobre los diferentes narradores, personajes, tramas y estilos de esta novela. Todo ello sin dejar a un lado la figura de Matthew Lewis, que no deja de estar llena de curiosidades; por ejemplo, en su vida luchó por los derechos de los esclavos, aunque cuando murió tenía 528.

     Terminando, esta indispensable obra se la recomendaría a quien le guste la novela gótica, puesto que El monje hay que conocerlo como clásico literario que es. Aunque bien es cierto que cuando uno termina de leerla, está saturado de tanto hueso putrefacto, cripta embrujada y sentimiento exaltado (Hacía ya cinco meses que, en un exceso de pasión, se le había roto un vaso sanguíneo, y expiró al cabo de unas horas, pág. 296); de hecho, tantos fantasmas y escenarios macabros resultaron desagradables al público de la época.

     Por último, dejaros el tráiler de la película que el director Dominik Moll rodó en 2011. No parece muy acorde con el libro, aunque no he visto la película y quizá me equivoque.
 



 


La edición que os recomiendo si queréis un estudio detallado del libro es: 
     -Matthew Gregory Lewis, El monje, Cátedra, Letras Universales, Madrid, 1995. Edición a cargo de Juan Antonio Molina Foix. Número de páginas 544.

jueves, 12 de julio de 2012

Errores captados: de facebook al blog

Muchos de vosotros me seguís por medio de las publicaciones que voy subiendo a mi espacio de facebook: noticias y enlaces de interés relacionados con la lengua y la literatura, fotografías y frases literarias, así como recomendaciones mensuales de novelas. Sé que no todo el mundo tiene facebook y el acceso puede volverse un tanto engorroso a la hora de ver todo el material que tengo en mi espacio 'Lecturas en La boca del libro'.
    Pues bien, una vez contada esta bonita reflexión, me gustaría dedicar la entrada a uno de los espacios de mi página titulada: "Gazapos lingüísticos". ¿En qué consiste? pues nada, una, que se aburre, y error sintáctico que encuentra en una novela, error que es fotografiado y comentado, aunque sin saña, eso que quede claro.

    Para que veáis que nadie es perfecto (ni las editoriales ni los correctores de estilo), aquí van cuatro fotografías de páginas de novelas y dos más de carteles pillados in fraganti en la calle. ¿Empezamos?


FOTO 1: Las personas sexy y felices: un anglicismo mal utilizado



Cabría preguntarse cuál es el plural de la palabra sexy, por supuesto; porque al leer esta frase hay algo que chirría. ¿Quizá sea por la falta de concordancia? Rotundamente, sí, por lo que, de manera inmediata fui a buscarlo en el DPD (Diccionario Panhispánico de Dudas, para más señas). Por un lado, encontré que se recomienda escribir sexi para adaptar la palabra a la grafía española (primera cosa, entonces, a destacar), y añade: Su plural es sexis. Aunque por su expresividad y su brevedad se acepta el uso del anglicismo adaptado. Sin embargo, cuando no se quiera emplear la palabra "sexi", se puede optar por otros equivalentes como: provocativo, sensual o seductor, y así nos quitamos de problemas, vaya. Vamos, que sexy, como plural, mire por donde se mire, es erróneo. Quizá este error sea producido porque en inglés ningún adjetivo va en plural.
    FOTOGRAFÍA: Maldito karma, de D. Safier, Seix Barral, Barcelona, 2009.
    FUENTE DPD:  http://buscon.rae.es/dpdI/SrvltGUIBusDPD?origen=RAE&lema=sexi



FOTO 2: A la mayor brevedad posible: escuchado hasta la saciedad


Si os soy sincera, tenía ganas de encontrarme algo así; un ejemplar de estas características no puede pasar desapercibido. Muchos pensarán que su uso es correcto por las veces que leemos o escuchamos esta locución advervbial. No obstante, lo cierto es que es una construcción errónea. La preposición a se debe sustituir por con. Pensad que si omitiéramos mayor, nos quedaría *a la brevedad, lo cual nunca decimos. Entonces, ¿no sería más correcto decir con brevedad? Por otro lado, al decir posible estaríamos redundando, ya que si algo se quiere con brevedad, suele ser en cuanto se pueda.
    FOTOGRAFÍA: Oscura, Guillermo del Toro y Chuck Hogan, Punto de Lectura, Madrid, 2011.
    FUENTE:  http://www.fundeu.es/consultas-C-con-la-mayor-brevedad-509.html



FOTO 3: Un cortacésped: falta de concordancia


La primera vez que escuché un cortacésped y me sonó extraño fue en la película de David Lynch: Una historia verdadera, que trata sobre un adorable anciano que recorre Estados Unidos montado en una cortacésped. Con el paso del tiempo, dejé de escuchar esta falta de concordancia, hasta que estuve cara a cara con el espécimen en cuestión. Supongo que el artículo masculino un se emplea porque césped posee género masculino; sin embargo, se debería presuponer que al hablar de cortacésped, nos estamos refiriendo a una máquina. Por lo tanto, y sin ninguna duda, sería más prudente decir: una (máquina) cortacésped.
    FOTOGRAFÍA: Maldito karma, de D. Safier, Seix Barral, Barcelona, 2009 (pág. 170).
    FUENTE RAE:  http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=cortac%C3%A9sped



 FOTO 4: De vuelta en: no sé de dónde viene ni a dónde va

  
Últimamente leo mucho de vuelta en; y cada vez que lo hago, me sigue sonando fatal. Veamos, tú no puedes volver en ninguna parte, sino a algún sitio ¿no? Y es curioso, porque no he encontrado este uso por ninguna parte, y menos aún que después de vuelta vaya la preposición en (otro uso distinto sería volver en sí). ¿No sería más normal decir "de vuelta a Viena"? ¿o realmente esta construcción es posible? Si hay alguien sobre la faz de la Tierra que tenga la respuesta y el correspondiente enlace que lo ilustre, me quitaría una intriga de encima, la verdad. Mientras tanto, seguiremos investigando.
    FOTOGRAFÍA: Siempre tuyo, Daniel Glattauer, Alfaguara, Madrid, 2012.
    FUENTE: http://lema.rae.es/drae/?val=vuelta (Al menos se puede ver que no aparece el uso de 'de vuelta en').



 FOTO 5: Prohibido cojer tierra: y ancha es Castilla


Y tan ancha, pues la fotografía la tomé en un humilde pueblecito de la provincia de Segovia. Al parecer, el amable pueblerino, aliado con la reforma que Gabriel García Márquez quería hacer en la ortografía española, confundió los dos sonidos homófonos g + e y j+ e. Si es que de vez en cuando está muy bien saltarse las normas.





FOTO 6: ¿Qué es eso del acento, coma y punto?



Ya sabemos que los acentos desaparecen por arte de magia en algunos registros escritos. Sin embargo, cuando estás de cara al público, ¿qué te cuesta, querido hostelero, ser un poco más cuidadoso con la ortografía? Hubiera quedado más elegante escribir lo siguiente: "El Restaurante (discutible la mayúscula) es un servicio más (acento) del parque (coma), por lo tanto se deberá (acento) abonar la entrada (punto). La Dirección (acento)". En deberá he omitido la preposición de, ya que no denota probabilidad o suposición, sino obligación. En el otro lado del cartel estaba escrito día sin acento y sobre la i un circulito del tamaño del objetivo de mi cámara, que fue el que inmortalizó este sustancial gazapo ortográfico en un lugar indeterminado de Madrid.


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