miércoles, 28 de marzo de 2012

Investigando la palabra "ciao", préstamo del italiano.

¡Chao! Es lo que solemos decir cuando nos despedimos de alguien. Por supuesto, sin olvidar un hasta luego o adiós. He estado buscando sobre este préstamo del italiano, que hemos acogido en nuestra lengua tanto en España como en América Latina, y esto es lo que he encontrado.

            ¿Cuál es el origen etimológico de la palabra?  La forma chao viene del italiano, concretamente del dialecto veneciano y milanés en su forma ciau, que corresponde al italiano general schiavo ‘esclavo’. En su origen fue una forma de saludo cortés, equivalente a ¡servidor! en español.

            ¿Cómo evolucionó ciau? El ciau septentrional fue evolucionando hasta generalizarse en Italia como ciào, y pasando a ser tanto para el saludo como para la despedida, y restringiéndose al trato de quienes se tutean. Cuando esta palabra se convierte en préstamo del español, lo primero que se hace es adaptarla a la lexicografía de nuestra lengua, pasando a escribirse como chao en España, y chau en algunas zonas de América Latina como Chile o Río de la Plata. Otra diferencia con respecto al ciào italiano es que en español solo se limita a la despedida dentro de un ambiente familiar y de confianza.

            ¿Cuándo se ve por primera vez este vocablo en español? En el siglo XVI ya se usaba la palabra chao en los textos escritos pero con un significado completamente distinto al de ahora, en concreto lobo cervario (lo que actualmente llamaríamos lince). No obstante, hasta la edición de 1729 del Diccionario de Autoridades no se registra esta palabra con tal significado.

           ¿Cuándo se generaliza chao con el significado actual? El primer ejemplo lo encontramos en el escritor Miguel Delibes. En 1958 publica “Diario de un emigrante”, y allí se puede ver chao con el valor de adiós. Poco a poco, el término se irá extendiendo. Según la lingüista Martha Hildebrandt, en las últimas décadas del siglo XX, la palabra se generaliza en España y Francia gracias al auge del cine italiano de posguerra.
 
 
           ¿Cuándo aparece por primera vez en el Diccionario? Cuando el término está generalizado por los hablantes, el Diccionario incorpora la palabra en su edición de 1970: “¡Chao!, interj. Chile y Río de la Plata ¡chau!”. Sin embargo, no será hasta la edición de 1992 cuando se vea reflejado en su acepción que la palabra viene del italiano: “Chao (del it. ciao) interj. familiar. Adiós, hasta luego”.



Como veis, siempre se están creando palabras nuevas que, en su esencia, son producto de los sedimentos del pasado. Os dejo con una cita del escritor Álex Grijelmo que refleja esta idea.


"Las palabras que oímos desde niños, que escuchamos a nuestros abuelos, que leemos y acariciamos, son cerezas anudadas siempre a otras, y aunque las separemos con un leve tirón de nuestros dedos mantendrán el sabor de sus vecinas, nos enriquecerán la boca con la savia que han compartido y que se han disputado".
Álex Grijelmo, "La seducción de las palabras".
           
Fuentes:
DRAE (Diccionario de la Real Academia Española)
          -CREA (Corpus de referencia del español actual)
          -CORDE (Corpus diacrónico del español)
          -NTLLE (Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española)
-Hildebrandt, Martha, Peruanismos, Moncloa Campodónico, Lima, Perú, 1994. 

viernes, 16 de marzo de 2012

"No confíes en nadie", de S. J. Watson.

“Mientras duerma, mi mente borrará todo lo que he hecho hoy. E igual que hoy, me despertaré mañana. Pensando que soy joven. Pensando que aún tengo por delante una vida llena de posibilidades”.
   Así comienza No confíes en nadie, la novela que el inglés S. J. Watson sacó al mercado español a mediados del 2011. Es un libro que trata sobre el recuerdo y el olvido, sobre la confianza y la obsesión por querer tener confianza.

  Christine amanece todas las mañanas con la mente vacía de recuerdos debido a un accidente sufrido hace años. Cada vez que se despierta no sabe donde está, por qué está allí  ni quién es el hombre que yace a su lado: “El dormitorio me es ajeno. Desconocido. No sé dónde estoy, ni cómo he llegado hasta aquí. Ignoro cómo volveré a casa”. A raíz de este planteamiento, la protagonista nos irá guiando por su reducido y claustrofóbico mundo lleno de apariencias. Los protagonistas son su marido Ben, junto al que amanece todas las mañanas; Noah, el psicólogo que lleva su caso; Clarie, su mejor amiga y Adam, su hijo fallecido en combate. Sin embargo, uno de estos personajes no dice toda la verdad y la angustia se vuelve más espesa en la novela.

   Lo que me gustó del libro fue que está narrado en primera persona y la sensación de agobio es mayor por no saber la verdad que se esconde a su alrededor. Christine nos conducirá a través del libro con una visión reducida de las cosas y seremos partícipes de sus sentimientos y angustias de primera mano. Esto es conseguido a través de un diario, por el cual nos hace partícipes de su repetido día a día que le ayudará a recordar quién es diariamente al leerlo. En relación a esto, la novela está dividida en tres partes: 1) Hoy, 2) El diario de Christine Lucas y 3) Hoy.

   También me gustó la atmósfera claustrofóbica que consigue el escritor. Esto lo hace por diferentes vías: 1) por la ambientación: días grises, silenciosos, espacio cerrados y sencillos llegando incluso al minimalismo; 2) por el poco repertorio de personajes, que permite que el círculo cerrado de las mentiras sea más pequeño; 3) a través del narrador en primera persona, que nos hace partícipes de sus emociones; 4) por medio del estilo de la narración: frases cortas, enumeraciones cortantes de punto y seguido.

   Es la primera vez que leo un libro con este tipo de trama, y supongo que los habrá mejores. No me cabe duda. Al empezar la novela, me venían a la mente todo tipo de perversidades que puedes hacer con una mujer que no recuerda quién es cada mañana. Y en ese sentido, estaba un poco a la expectativa de cómo lo resolvería el escritor. Es un libro fácil que se lee muy deprisa, aunque es verdad que hay punto en que la historia permanece parada y se hace algo monótono. Pero la parte final se pasa de un plumazo, aunque te quedas con la sensación de que tienes más preguntas que al principio.

   Os dejo con una parte de la película, que se está rodando. Al final del vídeo podréis escuchar: “El libro que se ha convertido en un fenómeno editorial antes incluso de su publicación”. Uy, esas son palabras mayores amigo. Realmente, sorprenden algunas frases publicitarias que pretenden vender más. 







¿Y si olvidaras quién eres cada vez que despiertas?, ¿Qué sucedería si no recordaras tu nombre, tu identidad, tu pasado e incluso a todos los que amas cada mañana al despertar? ¿Y si además sospecharas que la única persona en la que confías no te está contando toda la verdad?...



-S. J. Watson, No confíes en nadie, Grijalbo, Barcelona, 2011. Número de páginas 373. Título en inglés: Before I go to sleep.

lunes, 5 de marzo de 2012

El característico 'ej que' madrileño

Ocurre que cuando un hablante de español habla, rápidamente sabemos en líneas generales, de qué zona geográfica procede. Si es de la península o de América Latina, frecuentemente lo reconocemos por su forma de pronunciación. Por ejemplo, la /s/ en el seseo o la /y/ en el yeísmo suelen ser los fenómenos más destacados para determinar ciertos aspectos fonéticos y saber de dónde es una persona. De esta misma forma, al escuchar: “escucha mi alma” ˃ /e'kucha mi arma/, sabemos que el hablante pertenece al sur peninsular; y al escuchar “es que no me escuchas” ˃ /ejke no me eskuchas/ sabemos que el hablante es del centro peninsular.

La pregunta es, ¿por qué la /s/ se convierte en /j/? es que ˃ /ej ke/

   Voy a intentar explicarlo sin que suene demasiado confuso. La conversión de /s/ a /j/ se produce porque la /s/ se aspira tanto que tiene a desaparecer, pero antes de caer en ello, se agarra a la consonante que tiene más a mano, en este caso la /k/. Al agarrarla, descubre que la /k/ pertenece al grupo de consonantes velares y automáticamente se convierte en una velar, en este caso, pasa a /j/.

   ¿Qué es una consonante velar? Primero remitiré el significado de la RAE: “Consonante velar. Dicho de un sonido cuya articulación se caracteriza por la aproximación o contacto del dorso de la lengua y el velo del paladar”. Los sonidos que se articular con la lengua se dividen en seis tipos según dónde ésta apoye. Estos son: 1) bilabial (mapa), 2) labiodental (fea), 3) dental (todo), 4) alveolar (sus), 5) palatal (chao) y 6) velar (caja). Las velares están constituidas por cuatro consonantes: k: kasa, g: gato, j: jamón, ñ: ñoño. Si las pronunciamos, nos daremos cuenta de que nuestra lengua adopta una forma convexa hacia arriba.

   Recapitulando, la consonante /s/ se asimila, al debilitarse, a la del mismo tipo de la consonante siguiente. Este ejemplo ocurre muchas veces en la Lengua, como por ejemplo, en el grupo consonántico mp: campo, rampa. La /m/ y la /p/ son dos consonantes del mismo tipo (bilabiales), por eso casi siempre /m/ va antes de /p/, porque a nosotros nos cuesta menos pronunciarla.

   Como curiosidad, al político José Bono se le reconoce por su peculiar forma de hablar. Una de sus características lingüísticas es cuando convierte (o asimila) las consonantes que no son velares a velares por su cercanía dentro de la palabra. Y es que, si nos damos cuenta, la aspiración consonántica es un fenómeno que está avanzando desde las regiones andaluzas y sureñas a partes más centrales de la península española.

   Espero que mi explicación no haya supuesto una confusión mayor. Con esta entrada también quería dejar ver que todas las formas de habla son válidas, que ninguna está por debajo de la otra y que todas suelen tener una razón en el porqué de su pronunciación.