domingo, 29 de enero de 2012

¿Detrás de mí o detrás mía?

   Llega un momento en la vida que tienes que posicionarte en algún punto con respecto a alguien o algo. Y cuando ese instante aparece, entonces te preparas para hablar, abres la boca y sueltas esa delicia que atrae y fascina: “*ponte delante mía”. En ese instante, quien escucha percibe un cosquilleo en su diccionario interno (lexicón) que lleva a la palabra 'error', pero la sensación es atenuada porque nuestra mente nos susurra que *delante mía está tan extendido que hasta puede ser correcto.


   En verdad, saber colocar bien: mí, tu, su (pronombre personal) o mío, tuyo, suyo (pronombre posesivo o pleno) en esta clase de construcciones, no tiene más misterio que saberse una norma que tiene ver con los adverbios de lugar, ¿y qué es un adverbio? Son las partículas invariables que acompañan al verbo, y algunos ejemplos son: adelante, adonde, arriba, cerca, delante, detrás, encima, lejos etc.

   En la oración:   “La farola está detrás de mí”...
   ...nos encontramos con el verbo conjugado estar que va seguido del adverbio detrás más una preposición que expresa una referencia: de. Por lo tanto, ya tenemos la mínima norma: cuando queremos posicionar en el espacio a un referente, detrás del adverbio de lugar pondremos la preposición de:

“Ve detrás de él” (la referencia es él). “*Ve detrás suyo” (incorrecto)
“Estoy enfrente de ti” (la referencia eres tú). “*Estoy enfrente tuya” (incorrecto)

   Sin embargo, ¿qué sería la vida sin excepciones? ¡Porque la Lengua no se queda atrás, a la Lengua le encantan las excepciones! Y es aquí dónde creo que radica la confusión, ya que hay ciertos adverbios de lugar que admiten posesivos al igual que la preposición de. Paso a enumerarlos, no os impacienteis que solo son tres:

   -Alrededor suyo. El adverbio alrededor está formado por la contracción al seguido del sustantivo rededor. Por lo tanto también se puede decir: “Está todo el día a su alrededor, no la deja tranquila”.
   -Al lado suyo. Ya que lado se puede considerar como un sustantivo. Por ello también se puede decir “A su lado se sienta esa señora”.
   -En contra suyo. Contra es en realidad un sustantivo y se puede combinar con un posesivo. Por lo tanto también se puede decir “Siempre está en mi contra, no puedo abrir la boca”.

   Pero no os preocupéis, ya que el empleo incorrecto de estos ejemplos está muy extendido, sobre todo en zonas de América Latina como Perú, Bolivia o Ecuador y también en la prensa, en la publicidad y entre nuestros amigos y conocidos. Vamos, que tal derroche de adverbios + posesivos plenos mal empleados, a no ser que los corrijamos, pasarán a ser norma más que error. Pero como suele pasar en estos casos, el tiempo y el genio del idioma decidirán.




Fuentes:
-Grijelmo, Álex, La gramática descomplicada, Madrid, Santillana Ediciones, 2011.
-Diccionario de la lengua española. Fuente electrónica http://www.rae.es/rae.html Madrid, España: Real Academia Española.



NOTA: Perdonad por el chiste, pero no sabía que era tan difícil encontrar un chiste gráfico con adverbio más pronombre personal.

viernes, 6 de enero de 2012

"Las Rosas de Somerset", de Leila Meacham



¡Ay..., qué forma de dosificar el azúcar, la miel y el algodón por tus venas! Tenía ganas de leer una novela de amor, así que cuando vi Las Rosas de Somerset y la fotografía de la escritora, Leila Meacham, no lo dudé (bueno, lo reconozco, casi con la fotografía me bastó). Al principió me costó engancharme, veía fallos en la construcción de algunos personajes, e inclusive errores de estilo, pero llegas a un punto en el que no puedes parar de leer, las páginas se impregnan de olor y cuando te quieres dar cuentas estás lleno de miel hasta el tuétano.

    La trama gira en torno a la plantación de algodón de la familia Toliver, en Somerset (Texas, Estados Unidos). En 1916, Mary Toliver se convierte en la heredera con tan solo dieciséis años de edad tras el fallecimiento de su padre. Esto traerá trágicas consecuencias, ya que el testamento de su padre no nombraba a su mujer ni a su hijo como herederos. Al principio Mary Toliver decide denegar la decisión de su padre fallecido, pero después se plantea las cosas y continúa adelante con el trabajo en la plantación. Por otro lado, se halla Percy Warkick, cuya familia se dedica al negocio maderero. Los dos personajes se enamoran desde la niñez, pero el amor no florece hasta la adolescencia, cuando deciden casarse. Sin embargo, el enlace no llega a producirse y, pese a que los dos siguen enamorados hasta la médula, sus vidas tomarán caminos distintos. Caminos que estarán llenos de celos, engaños, mentiras y sentimientos enclaustrados que pasan de generación en generación con importantes consecuencias. Y sobre todo, con la constante separación entre el amor y del trabajo.

El libro parece un lienzo de sensaciones y olores que se desprenden en cada página. Los paisajes descritos, los detalles de las acomodadas casas de los protagonistas y la pátina extendida en la historia a consecuencia del paso del tiempo hacen de Las Rosas de Somerset un gran cuadro sensitivo. Y es que la historia está contada desde el principio por un narrador omnisciente, el cual se sitúa en 1985, cuando Mary Toliver es una anciana. Seguidamente, el narrador da un giro temporal y vuelve a 1916, momento en el cual la señorita Toliver es la heredera de Somerset. Lo curioso del libro es que el narrador se sitúa en tres puntos de vista para formar la obra, y de esta manera tenemos tres partes: “la historia de Mary”, “la historia de Percy” y “la historia de Rachel”, y así vemos el cambio generacional y cómo los sentimientos que se van enlazando como los rabos de la cerezas en un árbol genealógico. Es pues una historia que narra el pasado, el presente y el futuro de esta saga familiar, y aunque este aspecto lo logra yo he visto un abuso (no muy excesivo) de las elipsis temporales. Cuando estás con los nervios a flor de piel, de repente ves que han pasado diez años y piensas: “¡no puede ser... diez años sin ocurrir nada”!, claro, todo esto 'aparentemente', porque a medida que vas llegando al final se van resolviendo todas las incógnitas.

    Los personajes también están bien construidos. Aunque me costase un poco al principio, pero finalmente tienes una idea muy clara de su fisonomía y de cómo van a actuar, lo que van a decir y lo que pueden estar pensando. Mary Toliver es guapa, emprendedora y trabajadora, y aunque yo la encuentro egoísta tanto a ella como a su futura nieta: Rachel Toliver, la autora deja que nosotros opinemos por nuestra cuenta basándonos en las circunstancias de la época. A Percy Warking en cambio, lo encuentro perfecto: guapo, rubio, ojos azul cielo, amoroso, bueno, comprensivo, rico y un sin fin de adjetivos más. Con respecto a los personajes colindantes, todos forman una gran familia compuesta por todo tipo de caracteres muy bien estructurados.

Resumiendo, es una historia de generaciones atrapadas entre la pasión por el trabajo y el amor. Me gustan este tipo de novelas porque te ayudan a seguir alentando lo que amas y bueno, seré sincera, a veces a descubrir que aún siguen habiendo esos personajes perfectos que se pueden llevar al plano real. En muchas ocasiones me he emocionado con Las Rosas de Somerset, ¡cuántas historias sin resolver por culpa de circunstancias históricas, de tabús, de prejuicios! Así pues, recomiendo esta novela a todas las mujeres, y también al público masculino, porque les guste o no este tipo de novelas, todos tienen capacidad para enamorarse. Disfrutarla si tenéis ocasión. Os dejo con algunas citas recogidas del libro:

“-Rosas rojas y blancas, ¿qué si no? Serán un recordatorio de mis obligaciones en cuanto a nuestra amistad, a nuestros esfuerzos juntos. Y si alguna vez os ofendo, os enviaré una rosa roja para pedir perdón. Y si alguna vez recibo una presentada con ese mismo propósito, devolveré una blanca para demostrar que todo está perdonado” (pág. 28).

“-¡Lucy, tú eres abominable cuando haces el amor! Eres como una gata callejera en celo. Por eso no puedo seguir contigo. No hay ningún misterio en ti, no hay ternura, no hay sensibilidad. Siento tu sudor como si fuera pus, y tu olor corporal se eleva como el hedor del fango. Prefiero meter la polla en el hocico de un cerdo antes que en tu coño. Y bien, ¿explica eso por qué no vengo a tu cama?” (pág. 342).

“La memoria podía ser algo terrible, pensó, un instrumento de tortura que sigue trabajando mucho después de que un hombre haya superado su tiempo en el potro” (pág. 407).


-Leila Meacham, Las Rosas de Somerset, editorial Viceversa, Barcelona, 2010. Número de páginas: 624.